viernes, 17 de abril de 2015

Epílogo

BIFURCACIÓN
(Final A)

Dejé que fuera cayendo la noche. Busqué en la bolsa negra el papelito con los números de teléfono y algunas monedas. Marqué el número de Mara.
—Hola putita —le dije—, me preguntaba con quién ibas a brindar —traté de hablar con frases cortas para que no se me notara el temblor en la voz—. Te espero esta noche. Bajo el puente de la Plaza Constitución. Digo, —agregué—, es por lo que siempre estuviste esperando.
—¿A qué hora? —preguntó.
—A las doce, por supuesto.

Mientras la esperaba soñé que mucha gente venía hacía a mí. Que Julia, Francis, Tom y Milka corrían atravesando la plaza y esquivando vendedores ambulantes para decirme algo. Francis me miraba con algo de culpa, Julia con estupor, Tom con un poco de enojo y Milka con su perturbadora inocencia. Todos venían pero no llegaban. En el camino tropezaban con los puestos de hamburguesas, los detenía la policía, Tom llegó a pelearse con varias personas a la vez pero no lo dejaron avanzar.

Por fin se hizo la noche. Las doce llegaron definitivas y fulminantes. Mara bajó de un taxi, yo la esperaba detrás de una columna. Caminó unos pasos en una y otra dirección hasta que por fin se aproximó hasta donde yo estaba. La tomé del cuello y la arrojé al suelo. La hice pasar por debajo de la tela metálica hasta el cementerio de autos que está bajo la autopista. Me monté sobre ella e intenté desabrocharme el pijama.
—Pero estás loco —gritó—, ¿vos te viste cómo estás? E intentó golpearme con la cartera—. Salí de acá. Y estiró las manos hasta los zapatos y me pegó con ellos.
Yo vacié el bolso negro. A un lado y al otro fueron cayendo cuerdas, antifaz, victorinox, pedazos de papel, algunas monedas y mi bolsita de jardín de infantes.
De pronto no sé cómo, en un salto intrépido e inesperado Mara giró sobre mi cuerpo y quedó encima mío. Estiró las manos y me envolvió con las cuerdas.

Quedé gritando. Las bengalas estallaban muy cerca, un fuego de artificio con forma de flor cayó bajo el puente. Grité de nuevo. Ella miró las bengalas también y descubrió la victorinox. Yo no lo sabía pero era una victoninox multiherramienta con su rojo brillante tajeando la oscuridad. Probó una y otra vez cómo salían la hoja grande y la hoja pequeña hasta que al final me clavó el sacacorchos en un brazo. Grité muy fuerte. No de dolor, grité porque mientras ella se abalanzaba sobre mi indefensión, la bolsita de jardín de infantes empezaba a flotar leve hacia ningún lugar. Empecé a extrañar esa bolsita que se llevaba mi historia. Mi grito se hizo más fuerte aún, me quedé sin voz pero seguí con la boca abierta. La vi ponerse los zapatos y alejarse sin mirar atrás. Entonces, una risa inesperada, llena de carraspera, sueño y espasmo se apoderó de mí. Y me reí, como se ríen quienes saben que quizás sea la última vez que van a poder reírse.



BIFURCACIÓN
(Final B)

Tenía los ojos chiquitos. Apenas podía soportar el peso de las lagañas. Pensé que debería hacerme ver en la guardia de algún hospital público cuando una mujer mayor, pobre, se detuvo unos minutos y me arrojó unas monedas en la mano. Quise seguirla para devolvérselas pero, por instinto, levante la mano y una nenita tiró del jean a la madre para que dejara unas monedas para mí. Sonreí, volví a mi lugar y vi cómo, en el transcurso de la tarde, las manos se me iban llenando de monedas de distintos valores.

Le pedí una bolsa de nylon a la mujer que estaba a mi lado. Me dio una pequeña pero fuerte. Había juntado lo suficiente como para comprar un sándwich de jamón y queso y un yogur. Tuve que apurarme, el 31 de diciembre es el día más corto del año a nivel servicios y comercio. Casi no podía ver por la conjuntivitis. A cada rato tenía que arrancarme pestañas con las manos para conservar un mínimo espectro visual.

Cuando se hizo la noche pasaron unos chicos con juegos de artificios. Les pedí que me dieran todos los que pudieran más una caja de fósforos a cambio de las cosas que llevaba encima. Solo les pedí mi bolsita de jardín de infantes.
—Esto vale mucho más de lo que tenemos —dijo uno de los que se estaba probando el antifaz señalando la victorinox.
Me encogí de hombros. Me dejaron lo que tenían más una gorra para protegerme del sol.

Volví al hall central de Plaza Constitución. Estaba vacío. De golpe pasó una nena corriendo. Era una medusa, se la podía ver por dentro. Es Milka, me dije, es Milka que volvió para que estemos juntos. Corrí un rato largo hasta que pude tomarla de las ropas. Se tranquilizó. Tenía puesta la tiara de plástico.
—Son los últimos minutos de la vida que pasó —le dije—. Ahora es como si todo empezara de nuevo. ¿No te parece?
Sus cabellos finísimos se agitaron con la leve brisa del verano.

Caminamos juntos hasta la plaza. La gente arrojaba sus fuegos de artificio desde los departamentos cercanos. Puse todos los petardos y los rompeportones que pude en mi mano izquierda y logré encender un fósforo con la mano derecha. Empezaron a chirriar. A medida que fueron encendiéndose se hizo trizas mi mano y las esquirlas me llenaron la cara y el pecho. Milka sonreía. Parte de mi cuerpo se quemaba, se abrían diminutos huecos de luces pero no dolía. Yo era incendio y ella un cuerpo translúcido y ausente.

Pensé en quedarme con Milka por toda la eternidad en ese barrio recolectando monedas para comprar volcanes de chocolate. Elegí un lugar en las gradas de la estación. Un lugar periférico, por si alguno veía a Milka y se le ocurría preguntarme qué es lo que estaba haciendo con un muerto. Pude gritar, pude llorar, pude rebelarme ante algo que parecía una consumación.
Elegí mirar a Milka, sentada sobre el suelo, con mi bolsita de jardín de infantes, diciendo en voz baja:

—Ahora sé cuál es tu nombre.


lauraalejandrabravo@gmail.com

miércoles, 15 de abril de 2015

Capítulo 53


Mi primer día en Constitución fue silencioso. La gente me miraba pero mi pijama y mis zapatillas no parecían llamarles demasiado la atención. Un chico me dio un yogur y una mujer con dos bebés se sentó a mi lado. Noté, para mi consuelo, que llevaba el bolso negro bajo el brazo. Revisé el contenido con cautela para que la mujer no pudiera verlo. Había, además, un papel con letra de epiléptico con unos diez teléfonos anotados con lápiz. Entre uno y otro tren solo quedaba la policía y los vendedores ambulantes.
Una señora mayor apoyó un arbolito plegado del que solo se veían las puntas verdes sobre el papel madera y se acercó a levantar una moneda, un muchacho debilucho aprovechó el descuido, se lo manoteó y corrió veloz. Como quedaba a mi paso interpuse una pierna. La saltó sin inconvenientes y siguió de largo. Un chico me miró.

Caminé hacia San Telmo y me acomodé en la entrada de un conventillo. No podía tener las manos quietas y no encontraba posición para el cuerpo. No tenía hambre ni sueño. Lo único que me mantenía alerta era la desesperación. Inspiré, expiré y me pregunté cuánto costaría un pasaje a Tres Arroyos. Ya me era casi imposible estar quieto y el dolor del cuerpo era cada vez más indescriptible. La gente entraba y salía del conventillo pero parecía no verme hasta que salió un chico de unos seis o siete años.
—No se ven muy bien las estrellas desde allá adentro —me dijo.
—¿Y para qué querés ver las estrellas le pregunté?
—Usted no entiende —dijo—, quiero ser astrónomo. —Y se calzó unos binoculares de corto alcance que no permitían ver nada entre tanto cemento y tanta gente caminando por mitad de la calle.

Por la mañana una adolescente salió con un vaso de leche y un pedazo de pan.
—Sabía que estabas acá —me dijo—. Me dijo mi hermano que había un hombre enfermo en la puerta—. La leche me daba náuseas pero necesitaba consumir algún lácteo.
—No estoy enfermo —dije—, solo un poco alterado.
—Yo vine de Ushuaia —contestó—, había muchos turistas, aprendí a hablar francés, inglés y hasta algo de japonés. Supongo que voy a ser chef. Todavía me cuesta insertarme, conseguir trabajo, vivimos acá de prestado. Pero no pienso quedarme acá —Me reí con ganas. Le tiré lo que me quedaba del vaso de leche en la cara. La chica lloró y se fue corriendo hacia adentro.

Mi segundo día en la estación fue un poco más raro. Escuché sonar el celular un par de veces, primero eran llamados aislados, después era un sonido casi imposible de contener y disimular. Fui a uno de esos negocios en los que compran electrónicos de alta gama. Me atendió un hombre con un traje de mala calidad y una corbata de lanilla.
—¿Qué desea señor?
—Quiero vender este celular —le dije.
—Muy bien, ¿tiene el cargador?
—Lo busqué en el bolso negro y se lo entregué.
—Podemos ofrecerle trescientos cincuenta pesos —me pareció un robo pero se lo entregué.
Salí del local con dinero para comer unos días más. En la farmacia de la estación compré un Alikal y algunas cajas de aspirinas.

Me presenté en un hotel de los alrededores. Me pidieron ciento cincuenta pesos por las veinticuatro horas, no tenía documentación. Sin documentación el hospedaje costaba doscientos pesos.
En la habitación había un placard vacío. Una cama y un baño con jabón y toalla. Me duché y me acosté a dormir.
Soñé con mujeres, con muchas mujeres, con todas las mujeres. Había una mujer en el sueño que no reconocía. Pollera escocesa y camisa blanca. Hablaba pero yo no podía comprender lo que decía. Tenía el cabello peinado con brushing y yo solo veía las orlas de pelo sin poder distinguir sus gestos. Cuando se aproximó agarré un vaso de agua desde algún lugar del sueño y repetí la hazaña de plantárselo en mitad de la cara. Se limpió con un pañuelo de tela y pude verla. Era mi mamá. Llevaba unos gigantescos lentes de sol pero era mi mamá. Quise correr lejos de ella pero una especie de cuerda elástica nos unía el uno al otro. En uno de esos juegos de deslizamiento y caída, desperté.

Me retiré del sueño sorprendido por el frío. Había una manta en un estante del placard.
En una de las paredes empezó a dibujarse un tigre. Estaba en medio de una jungla verdosa. Todo era intenso y brutal. El dorado y el verde se fundían y las manchas negras del tigre se mostraban en relieve. Tuve que buscar otra posición en la cama por los calambres.
Empecé a transpirar por efecto de la manta. Me di otro baño pero ya no quedaba jabón. Cuando salí el tigre estaba en el mismo lugar pero abría un poco la boca. Me apoyé en la pared opuesta temiendo que me atacara. No recuerdo qué hora era pero era un buen momento para dejar el lugar.


Me quedé en la estación los días y las horas que faltaban hasta el 31. Tengo la sensación de que fueron muy pocos. Estaba tenso, deformado por el dolor. Había vomitado varias veces y había pedido cigarrillos a un par de personas que pasaron a mi lado para calmar la ansiedad. Dibujé un pictograma con las cenizas. Un pájaro de perfil, ultra egipcio al que un hombre con taparrabos le tira una piedra. Hice una segunda secuencia: el pájaro con el ala rota. No me conformé y pinté un tercer dibujo con el cazador apedreado por su tribu. Los dibujos se veían deformados por la falta de pulso pero no estaba tan mal.


lauraalejandrabravo@gmail.com

lunes, 13 de abril de 2015

Capítulo 52


En el camino me topé con una farmacia de turno. Salió un muchacho menudo, de piernas flacas y me atendió por una ventanita de rejas.
—Una caja de Clonazepam, una de Dormicum y Venlafaxina de 75 mg —pedí seguro.
—La receta, por favor señor —me pidió.
Hice como que revolvía en el bolso y la mochila y expliqué:
—Hasta hace un rato la tenía, no se puede haber ido muy lejos. Vos mientras preparame el pedido —me froté las manos.
—No le pudo preparar el pedido si no me entrega la receta.
—Preparame el pedido ya —grité con todas las fuerzas que tenía. La garganta me raspaba cuando terminé de gritar.
—Seguridad —gritó el chico casi tan fuerte como yo. Un hombre de unos cien kilos se paró detrás del muchacho.
—¿Qué necesitaba el señor?
—Manteca de cacao marca Nivea —dije.
—¿Va a llevar una unidad? —se interesó.
—No. Déme todo esto —y extendí un billete de cien pesos.
Me pusieron las barritas en una bolsa y se quedaron hablando entre ellos. Vi una mujer tirada en el suelo comiendo restos de pizza que sacaba de unas bolsas de consorcio.
—Es verano —se las di—, usted anda mucho bajo el sol, son muy buenas, le pueden hacer falta —Seguí de largo.

Vomité. Alguien que pasaba en un auto me insultó. No quise mirar mi vómito pero lo vi. Parecía tener algo de sangre. O tal vez había vomitado algo rojo. Me parecía que no había tragado ni una pizca de la frutilla del yogur pero nunca se sabe. Temí vomitar en un taxi así que seguí caminando. Me di vuelta para verificar que el empleado de la farmacia o la mujer de la pizza no me estuvieran siguiendo. De repente les tenía algo de miedo. No de que me maltrataran sino de que vinieran a pedirme explicaciones. Una chica con un gato en brazos se me cruzó en el camino mientras yo trataba de tener la retaguardia bajo control. Hice un movimiento que había aprendido en un videogame de karatekas. El gato asustado se trepó a mi cara. La chica retrocedió.
Agarré el gato como si fuera una pelota y quise devolvérselo en el centro de rostro pero cuando flexioné el brazo para arrojarlo, el brazo se endureció. Solté el gato y apreté el brazo contra mi abdomen.
La chica y el gato desaparecieron corriendo.

Por unos segundos me sentí excitado. Yo no necesito a nadie, me dije, yo no necesito a nadie más. Puedo ser muy feliz sin todos ellos, muy feliz. Creo que hasta se me dibujó una sonrisa y relativicé el pequeño ardor que me habían dejado las uñas del gato. Las calles estaban un poco descuidadas como suele suceder en tiempos de las fiestas. Me dije que estaría bueno correr, correr o bailar y ensayé unos pasos. No estaba coordinando muy bien pero no desesperé. Hice un chasquido de dedos e intenté marcar un ritmo como los bailarines de tap. Sonó el teléfono.
—¿Qué estás haciendo? —preguntó Julia—. No vi cuando te fuiste. Llamé a lo de Francis y me contestaron que no habías llegado.
—Estoy bailando —contesté—. Esos dos pensaron que iban alcanzarme pero bailando todo es más rápido.
—Buenas noche Fred —se burló.

Fui hasta el local de la reina de Texas, lo encontré completamente renovado pero sin público. A pocos metros de la puerta vi a chica de los ojos grises que se acercó a la puerta.
—Ahora hay otro administrador. Es provisorio. Nadie sabe qué es lo que va a pasar. La reina de Texas se hizo unos estudios que confirmaron que tiene mal de Alzheimer. Ella todavía está bien pero empezó a experimentar olvidos y consideró que era tiempo de retirarse. Tiene los ahorros suficientes como para vivir en un buen lugar.
—¿Un buen lugar?
—Un buen geriátrico.
—¿Tenés la dirección?
—Nadie la tiene. Esto todavía está en construcción —y señaló el techo pintado de varios colores.
Quise preguntarle más, saber más pero se hundió en su hermetismo habitual y dejó de hablar.

La noche tenía lamparones dentro de la quietud. Eran grupos de personas que volvían de sus cenas de fin de año. Compañeros de trabajo, de estudio, amigos, conocidos. Se despedían en las calles todavía con las botellas en las manos.
Me acerqué a una mujer:
—Señora —le pregunté— ¿no tendrá un antiácido, algo para dormir o un paquete de aspirinas?
La mujer me miró de pies a cabeza.
—No tengo aspecto de médica de guardia —y se sacudió el papel picado que tenía en la cabeza—, pero si quiere lo acerco a algún hospital.
Negué con las manos.

Cuando llegué a lo de Francis no tenía una moneda para pagarle al taxista. Delivery Boy se hizo cargo de todo y me llevó hasta la habitación.
Estaba encendido el aire acondicionado pero yo sentía calor. Abrí las ventanas. Delivery Boy me dio un pijama rayado y se llevó la bata al lavadero.
—Tratá de dormir. No dejes que nada te perturbe y tratá de dormir.
Me levanté y puse sobre la mesa de la cocina ropa que había traído del departamento. Eran todas remeras y ningún pantalón. Tampoco había medias ni ropa interior.
Busqué café. Solo había un resto de Cocafé instantáneo Premium. En el envase decía: Elaborado mediante el proceso de liofilización a bajas temperatura que permiten conservar al máximo las propiedades de un excelente café. Ideal para personas que buscan la practicidad del café instantáneo con las características del café tostado y molido.
No encontré la lata de galletitas. Arrojé todas las cucharitas al suelo. Me preparé una taza. Cuando miré hacía el living vi a Francis y a sus chicos entreverados en los sillones.

Francis les dio unas palmadas en las nalgas para que volvieran a dormir. Se acercó sereno mientras yo intentaba mantener el equilibrio para no derramar el café.
—Ya vas a ver que todo va a volver a su cauce. El consultor ese que tenés es buena gente. Julia no te va a hacer un divorcio difícil y la chiquita, bueno —admitió—, eso sí que fue una verdadera desgracia.
—No soy un hombre de negocios, —expliqué—, el acuerdo legal que Julia y vos firmaron los confirma como los únicos dueños de la juguetería. Cedo las pocas ideas que pude pergeñar y establezco una única cláusula, la contratación de la señorita Merry Christmas.
Movió la cabeza. Trajo de la cocina unas copas con helado y me miró.
—El divorcio, entonces. Julia pudo consolidar su carrera profesional porque vos estabas a su lado.
—Es todo lo que pienso llevarme —y mostré la ropa que estaba en la cocina.
Se acercó, estaba a pocos centímetros mío y dijo:
—Si vos quisieras, estos chicos se irían de inmediato de mi vida. Si vos quisieras podrías quedarte acá —y me besó en la boca.



lauraalejandrabravo@gmail.com

sábado, 11 de abril de 2015

Capítulo 51


Me abrí en cruz. Empecé a girar como un molinete. Los brazos y las piernas se me hicieron cada vez más grandes. Me transformé en flor, una flor color piel que no paraba de rodar. Mis cuatro pétalos apenas tocaban la superficie del suelo y yo rodaba. Imaginé que, si aceleraba más, la gente solo iba a percibir un círculo y no mi cara. Entonces traté de detenerme pero no pude. Dos pares de manos, uno femenino y otro masculino intentaron asirme pero yo seguía girando. Mala suerte, pensé, parece que la rotación es perpetua.

Delivery Boy hizo un chasquido con los dedos. Primero distinguí las falanges y los nudillos, luego vi la mano y recién pude verlo entero.
—Tres días durmiendo —dijo—, estábamos por llamar al médico. Llegaste la noche de Navidad. Vos y ese bolsito —y señaló hacia la mesa de luz.
Levanté las sábanas. Estaba desnudo, muy transpirado y con la boca seca. Me levanté y caminé hacia la ducha. Abrí la canilla del agua caliente y la dejé caer desde mi cabeza hacia el resto del cuerpo. Aspiré y exhalé.

Me envolví en una toalla pequeña y salí a la cocina. Francis tomaba nota de un video de You Tube en el que Christopher Walken cocinaba en tiempo récord pollo con unas peras caramelizadas. La cocina de Christopher era austera, nada que ver con la de Francis.
—Podés ponerlo e ir parándolo de a intervalos —sugerí.
—¿Cómo estás vos? —dijo de golpe largando los lápices y los utensilios.
—No lo sé. Creo que necesito desayunar antes de ir a buscar ropa a lo de Julia.
—Claro, los chicos podrían prestarte algo para que fueras. ¿Necesitás algo más?
—Necesito estar solo —agregué.

No sentía miedo ni angustia ni dolor. Lo que sentía era tedio. Francis había dejado algo de agua caliente, unos muffins y una porción de queso gigante sobre la mesada. Busqué pan negro y me preparé un sándwich. Tenía las manos arrugadas de estar tanto tiempo bajo el agua. Me toqué la cabeza, todavía estaba húmeda.
Puse otro video, un programa especial en el que Christopher Walken visitaba un local de comida italiana. Dos tipos vestidos como miembros de la mafia lo recibían en su mesa. Había un flashback con las compras matutinas para la comida. La música era ese tipo de música triste que nunca se olvida.

El chico de las historietas me alcanzó una remera blanca y un jean. El jean me sobraba un poco pero no se notaba. Alguna arruga en la entrepierna, no mucho más.
Tomé mi bolso y salí a la calle. Tenía algo de dinero para ir y volver en taxi, un reservorio que había quedado en el pliegue de la billetera pero no mucho más. La bolsita de jardín de infantes estaba vacía. Metí la mano para asegurarme de que no hubiera nada pero no lo había. Sentí un poco de dolor en el cuello. La gente parecía haber desaparecido. Cuando vi la banderilla roja detuve el auto.

La mujer del shiatzu me distinguió enseguida. Le miré el barniz rosado de las uñas. Sonreí aunque no estaba seguro de haber hecho bien el gesto.
—¿La conocía, no? —dijo e intenté seguir—. A la chica que murió.
—Me ocupaba de ella —respondí mientras abría la puerta del ascensor—, estaba sola.
—Sí, sí, —movió la cabeza—, es lo mismo que me contestó su madre. Ahora, qué caso tan extraño que una mujer deje por tanto tiempo a una hija tan chica al cuidado de un extraño.
—A veces nos comunicábamos por teléfono —mentí.
—Ah, claro. A eso no me lo dijo.

Julia me abrió la puerta. Tenía un camisón de algodón negro y estaba descalza. Trajo de la cocina dos vasos con agua helada.
—Decime qué necesitás: dinero, hospedaje, algún profesional que te represente en el divorcio. Va a ser de común acuerdo pero me gustaría que sea todo transparente.
—Por ahora voy a llevar una mochila con ropa. Para un par de días.
—Me mudo el primero de enero. Para ese día debería estar la casa desalojada.
—Me ocupo en estos días —prometí.

Miré mi vestidor. Elegí al azar algunas prendas. Encontré una mochila profunda con muchos bolsillos y empaqué lo que pude.
Me miré por última vez en el espejo de baño. Me tendí por última vez en la cama. Me abracé a la almohada. Apagué y encendí el velador varias veces para ver cómo se sentía uno ahí dentro con la luz prendida y apagada. Recogí el cargador del celular y lo puse en el bolsito negro, muy cerca de la bolsita de jardín de infantes. Escuché voces, nunca antes había escuchado voces. Es nuestro pasado, reflexioné, todavía están acá adentro las palabras que Julia y yo nos dijimos.

En el living los regalos estaban intactos junto al arbolito. Todos menos uno. El que yo había elegido para ella. Eran unos gemelos para camisas color lila con forma de vaquita de San Antonio. Si cada vez que una vaquita de San Antonio toma contacto con uno, ése uno puede formular un deseo, entonces los deseos estaban garantizados para Gabriel. Lo estarían durante el tiempo que le llevara crecer y darse cuenta que ser varón implica desprenderse de las bonitas vaquitas de San Antonio de Asprey, London. El regalo estaba separado, como si después de separar los papeles que lo envolvían lo hubiesen querido acomodar con cuidado.

La chica Merry Christmas se asombró de verme. Me pareció que hasta se sentía incómoda. Yo estaba inquieto y me temblaban las puntas de los dedos. Le pedí un chicle para ablandar las mandíbulas.
—Supongo que pudiste arreglar tu zapato —comenté.
—Esa noche volví con unos zapatos de Julia —y se acomodó la peluca platinada mientras se dibuja un lunar con el delineador—. No creo que tengan solución a menos que se pueda reemplazar el taco. Esa noche, cuando salí de acá todos me miraban con asombro —abrió los ojos grandes—, como si fuera Catalina de Rusia pero era yo.
—Catalina de Rusia era muy fea —y agregué—, ¿no tendrás un antiácido, algo para dormir o un paquete de aspirinas?
—¿Te pasa algo? —se preocupó.
—Me parece que sí —dije y bajé las escaleras.

Sybil sonaba como si hubiera subido y bajado el Everest.
—Supuse que no me atenderías más.
—¿Por qué haría eso? —pregunté. Me sentía rodeado de gente que esperaba de mí actitudes de las que no sentía necesidad de hacerme cargo. Hizo silencio.
—No sé, esa noche fue particular para todos. Fulvio vino a dormir conmigo, pasamos la Navidad juntos y no volví a verlo. Pensé que quizás tuvieras algún dato.
—Si lo que querés preguntarme es si estaba en lo de Julia, vengo de ahí y no lo vi.
—Gracias —respondió—. ¿Y se puede saber algo de vos?
—No mucho. Me estoy cuidando. Evito las carnes rojas, los ejercicios violentos, las calles demasiado transitadas, la comida vencida y las confituras con grasas trans —mentí.
—Ah, sí, por supuesto —dijo y cortó.

Entré a un bar. Está en la esquina de Córdoba y Pueyrredón y suele estar abierto toda la noche. Solía verlo cuando iba a visitar a la señorita Merry Christmas. Nunca había entrado. Me senté en un reservado con un tapizado horrible y le pedí al mozo que me llevara un yogur descremado de vainilla.
Me llevó uno entero de vainilla. Me di cuenta cuando ya le había sacado la tapa. Tomé dos cucharadas y lo hice a un lado, la base del pote estaba llena de pulpa rojiza. Una pareja de viejos leía el diario como si fueran las diez de la mañana.
Marqué el número de Patricia, tenía hasta el contestador desactivado.
Me pregunté qué pasaría si me acomodaba y me tiraba a dormir en el reservado. De pronto me dolía todo: las articulaciones, el estómago y el cuerpo. Lo atribuí al cansancio, al estrés, a la falta de medicación.

Dejé el importe del yogur sobre la mesa y emprendí mi marcha hacia el norte.


lauraalejandrabravo@gmail.com 

jueves, 9 de abril de 2015

Capítulo 50


Sí, pensé mientras caminaba por la Costanera a la altura del Aeroparque, tuve aproximaciones a la pérdida y al abandono pero no tuve experiencia con la muerte. La muerte no se concibe como un final. Será porque cuando transcurre uno está tan impregnado del otro que su presencia se hace más vivaz, más desbordante, más sensitiva. Recordé esas anécdotas de lisiados en las que hablan del dolor del miembro ausente. Uno  ya no lo tiene pero sigue doliendo, las terminaciones nerviosas siguen activas y continúan mandando información a ese cerebro distante. Ésa es una forma de estar.
Y apuré el paso.

Nunca había creído en el destino pero tampoco renegaba de él. Me causaba tanta gracia la gente que le atribuía todas sus vicisitudes como la que se creía al margen de su influencia. Sí, elijo mi vida. Voy señalando caminos en los que colocaré mis panes de césped. Pero también están los otros: los que buscarán bordear mi senda inventada para no pisotear mi trabajo, los que darán algún que otro salto sobre ella, los que sean invitados a recorrerla y los que traerán su frasco de hormigas para destrozarla. Que nadie sea tan hipócrita como para reprocharme mucho más que por los panes que planté.
Traté de sostener la marcha.

La depresión no es el polo opuesto a la felicidad. El polo opuesto a la felicidad es el fracaso. La felicidad es una de esas mujeres hermosas que uno cruza en el preembarque, cuando no tiene la posibilidad de tirar las maletas e ir en busca de un ramo de flores. La depresión es la sensación de tristeza que deja esa decepción y el fracaso es el resultado final de esa inacción, de esa imposibilidad. Pero hay acciones que también están teñidas de fracaso, eso acontece cuando uno llegó con el ramo de flores y la mujer ya no está. Quizás queden señales de su presencia: un ticket en el suelo, el halo de su cabellera rubia, el reflejo, tan parecido a todos los reflejos, de sus gafas.
Empecé a correr muy despacio.

El duelo de Milka iba a ser complejo. Tenía que rendirme a la evidencia de que estaba muerta. Tenía que rendirme a la evidencia de que siempre me había mentido. Tenía que rendirme a la evidencia de que algo en mí se había negado a percibirla como niña. Tenía que rendirme a la evidencia de que ningún vínculo progresaba con el escaso esfuerzo de un volcán de chocolate. Tenía que doblegarme. Arrojar la mitad del cuerpo sobre la otra hasta que mis pies tocaran el piso. Daba un poco de miedo.
Traté de mantener un leve trote.

La separación de Julia me iba a provocar angustia. Ella había sido mi impulso de vida durante muchísimo tiempo y ya no iba a serlo más. Se había desplazado. Con simpleza, sin un gran show, con un motivo. Fue un movimiento lento que empezó con un viaje al que le siguió un cambio de ciudad, un cambio de estado civil del que no me informó, un cambio fisico: la gravidez lenta y progresiva. Sobrevendrían más cambios físicos, otro cambio de ciudad, un cambio de motivos y estrategias vitales. Un cambio de objetos dadores de felicidad.
Aumenté la velocidad del trote.

¿Y si me comprara un lazo negro de luto? Antes por mí que por Milka. Antes por las cosas que me iban aconteciendo mientras su pequeño cuerpo amarillo azulino se iba entregando, desolado, a la ruptura de tejidos, a la libración de gases, a la temperatura del  verano. No había epitafio posible. Su madre no lo hubiera permitido y yo no lo hubiera imaginado. Quizás un epitafio como el de Ian Curtis: Love will tear us apart, pero no estaba muy seguro de que fuera para ella y no para mí.
El trote se volvió desenfrenado.

De golpe sentí el dolor abdominal típico de cuando se corre y sentirlo me dio alegría. Era la persistencia del cuerpo, de las propias vértebras, de los huesos que acusaban vida. Me prometí correr más seguido. Ver cómo los paisajes aparecían y se perdían tras mis espaldas. Paisajes bastante desolados. La larga avenida Costanera. El impreciso acceso a Palermo, el pasto claro y raleado. Los árboles quemados por el sol. Mi propio sudor en la ropa Alexander McQueen. Mis zapatos sucios de polvo, de verde, de agua, de fragmentos de piedrecillas de asfalto.
Ya no distinguía a qué velocidad corría.

¿Y el miedo a qué? No se me ocurría qué muchas cosas peores fueran a pasar. Y si se me ocurrían no me daban miedo. No me provocaban más sudor que el de esa carrera. Para sentir miedo, además, tenía que poder dirigir mi atención hacia un objeto y yo era el único objeto en el que podía concentrarme y me autogeneraba más desconfianza, extrañeza, repulsión que miedo. El miedo me era ajeno pero su ausencia no me volvía temerario, me volvía un idiota incapaz de aprovechar su extraña protección.
Pensé que no era capaz de acelerar más.

Sí experimentaba un desapego. No desde lo psicológico sino desde lo físico. Había mujeres que no iba a volver a penetrar. Espacios que no iba a volver a habitar. Hasta un amigo que no iba a volver a abrazar y mientras corría me desprendía de ellos. Como si me estuvieran cayendo camperas, pilotos, sombreros. Ropa innecesaria que ya no tenía por qué vestir, que habían pertenecido a actos anteriores de la vida.
Abrí la boca para poder seguir corriendo.

El  amor no me preocupaba. Me sentía instalado en necesidades mucho más elementales, más primarias, más básicas. Algo para comer, ropa limpia, un baño caliente, un vaso de agua. Las otras necesidades no existían y nunca debieron haber existido. Las otras necesidades eran las que te empujaban a ese desollarse en continuo en pos de un beneficio que nunca es lo bastante grande. Si uno solo pudiera abstraerse a esas fascinaciones. Si pudiera cortar ese cordón que le sale del ombligo y que lo arrastra durante décadas en una dirección que desconoce.
Tuve que sacar la lengua para poder seguir respirando.

Si al menos pudiera sobreponerme a esta vergüenza pensé. A esta vergüenza de ser digno de cuanto me aconteció, de ser merecedor de semejante medalla de plomo, de ocupar este podio, bajo estos árboles, bajo el maldito sol. Pero la vergüenza no se somete a los razonamientos. No hay forma consciente de evitar sentirse colorado. La cara bermellón por el agotamiento de la carrera y por la tenacidad invertida en impostar que uno no es el imbécil al que otros señalan con el dedo. Que el imbécil es otro: un vecino, el portero, el muchacho que pasa con su bicicleta sobre Figueroa Alcorta.
Y me detuve a vomitar. No sabía si era el esfuerzo o mi eterno estómago en rebelión.

Me senté en las escalinatas del MALBA y recordé. Era una salita de emergencias en mi pueblo natal. Un médico me introducía una sonda nasogástrica. Le hacía un chiste a su asistente y esperaba que yo me riera. No había habitaciones, solo cortinas celestes que se interponían entre paciente y paciente, pedazos de sábanas estiradas sobre tubos metálicos.
—Es muy joven —dijo el médico sin el menor reparo—. Que llamen a sus padres. Acá no, —le dijo a la asistente—, que pasen al office.
Terminó su trabajo y me dejó en la cama.
Estaba extenuado, como después de una maratón. Fui al baño.

Mis padres se resistieron a la conversación sensata y alejada que les impuso el profesional y pronunciaron mi nombre entre las sábanas colgadas. Pensé que hubiera sido mucho mejor la estricnina pero dónde conseguirla en Tres Arroyos sin despertar sospechas. El baño no tenía espejo, solo un inodoro manchado. Levanté la tapa. Por el ventiluz se perfilaba Betelgeuse. Pero ya no sé si fue la astronomía la que impulsó a dejar la ciudad, tal vez fuera esa melancolía extratémpora,  melancolía de cientos de años atrás que me venía persiguiendo como la cazadora solitaria que, por fin, distingue su presa.

Miré a un lado y a otro. Era hora de seguir corriendo.


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martes, 7 de abril de 2015

Capítulo 49


Agarré el bolso negro. Levanté a Milka en brazos y corrí hasta el estacionamiento del edificio. Julia, Francis y Tom venían detrás nuestro. Julia me entregó las llaves del Porsche y, como pude, abrí el auto y acomodé a Milka en el asiento delantero. Los demás se sentaron atrás. Nadie pronunció una palabra. Miré por el espejo retrovisor, Julia estaba expectante, Tom estaba inquieto y Francis desconcertado. Milka seguía sin moverse, la piel opalina, las cuencas profundas, las venas expuestas bajo una cáscara finísima. En ese momento, sin querer, subí a la vereda, no apreté el freno a tiempo y me incrusté en los canteros del Hospital Fernández.

Nadie se lastimó. La única consecuencia del hecho fue que vino una camilla de guardia y nos ayudó en el traslado de Milka. Los demás estábamos aturdidos pero enteros. Cuando la vio el médico decidió la internación: un cuadro grave de deshidratación, anorexia, una posible arritmia. Nos miró a Julia y a mí.
—¿Ustedes son los padres?
No me salían las palabras. Julia respondió, clara y decidida y firmó la orden de internación. Nos hicieron caminar por un pasillo, por unas rampas, cambiamos de nivel.

Creo que de chico estuve en un hospital de provincia. No recuerdo las circunstancias pero sí el cuadro asmático y la permanencia, por un par de días, en observación. Era una habitación común. Hasta tenía acolchados de diferentes colores. Las enfermeras paseaban con sus uniformes blancos y, al mediodía, me servían milanesas con puré. La ventana daba a un callejón. Una noche desperté y vi una sombra, como si pasara un hombre en bicicleta. Corrí las cortinas. Debe ser papá que llega para verme, pensé. Lo pensé aunque papá no supiera andar en bicicleta, lo pensé como esas cosas en las que piensan los chicos cuando no tienen sueño o les cuesta respirar.

Todos corrían de un lado a otro por los pasillos. Todos nosotros estábamos vestidos de fiesta. Las salas estaban medio vacías. Alguien explicó que, si los pacientes no estaban muy graves, se los daba de alta para Navidad. Navidad. Ya llevábamos una hora de Navidad. Las luces del arbolito debieron haberse quemado. Las mucamas estarían en retirada. La señorita Merry Christmas tratando de arreglar su zapato. Sybil y Fulvio encontrándose o desencontrándose. La mujer de Tom ensimismada. Y, quizás, los muchachos de Francis amándose.

Cuando se decidió el traslado a terapia intensiva solo nos permitieron quedarnos en un hall preliminar. Nunca había fumado pero me dieron ganas de encender un cigarrillo. Me sentía muy encerrado.
Miré a Julia y me estaba mirando, vaya uno a saber cuánto tiempo llevaba en esa posición. Me miré la chaqueta brillante y me sentí superado: por la circunstancia, por el disfraz, por el dolor de estómago que recomenzaba.
—Es una vecina —dije—, tenía la madre enferma. Hace unos meses que está sola y encerrada. Yo la acompañaba de tanto en tanto. La madre llega hoy o mañana.
Se paró y se puso a hablar con Francis en un rincón. Francis se retiró.

Ya era casi mediodía y seguíamos sentados. Los tres callados. Había otras otra persona en la sala: una religiosa de hábito blanco que hacía sus oraciones con una decena del rosario. Tenía facciones serenas y un cuello que ondulaba mientras rezaba. De a ratos levantaba un poco la voz, no demasiado. De a ratos el rezo se hacía monótono y hasta parecía desinteresada. Agradecí a los cielos que no se acercara a hablarnos. De pronto sacó un gel antibacteriano del bolsillo y se restregó las manos.

No sé qué hora era cuando llegó Francis con la madre de Milka. Imposible no reconocerla. Tenía los mismos gestos, las mismas piernas, la misma cara. No debía tener más de 35 años. Llevaba un vestido color camel y unas sandalias al tono.
Miró a Tom.
—Vos sabés que yo no le hice nada —dijo el muchacho al que estaba viendo por última vez—. Maldita anoréxica mitómana —dijo mientras se retiraba sin mirar hacia atrás.

Francis me hizo señas de que bajáramos. El bar del hospital estaba cerrado así que salimos a tomar algo afuera. Dijo las mismas palabras que había dicho Fulvio unas horas antes:
—No sé si estoy preparado para esto.
—Yo tampoco —me sinceré. Tuve la tentación de relatarle la historia. No creí que pudiera entenderla. No en ese momento.
Lo que sí estaba claro es que Francis comprendía que había tenido un romance con una menor y que eso no era buen legajo para nadie. Su certeza me hizo preguntarme si Julia, Tom e incluso la madre de Milka tenían una percepción tan clara.

Cuando volvimos a la terapia la madre de Milka no estaba. Julia estaba agachada y la religiosa la tomaba de las manos.
—¿Le permitieron verla? —pregunté.
—Está haciendo los trámites —dijo Julia—. ¿Qué trámites? —insistí.
El tiempo que transcurrió hasta la respuesta debe haber sido una fracción de segundo. No obstante, para mí, fue como si me arrojaran desde un barranco. Sentí en la espalda el muelle protector del viento y eso fue todo.
—Milka murió —dijo Julia.
La monja se sentó casi abierta de piernas y levantó los ojos. Tuve la tentación de arrojarme en sus brazos en una bizarra versión de la piedad inventada por la desazón, la fatalidad y la impotencia. Avancé dos pasos y me planté. Julia y Francis me sostenían cada uno de un brazo.

La madre de Milka regresó junto a nosotros. Dijo que tenía que volver a la morgue y que quizás quedaran pendientes algunos temas judiciales. Que esperaba contar con nuestra colaboración. En un par de días era probable que fuéramos citados. Solo teníamos que decir que era vecina del edificio y que nos ocupábamos de ella ante la ausencia de la madre. Que no sabíamos nada de la mujer, dijo refiriéndose a ella. Que no sabíamos nada de su vida, dijo refiriéndose a Milka. Lo dijo con cierta frialdad y una descuidada indiferencia.

—¿Era verdad? —pregunté cuando quedamos solos.
—Claro que no —contestó sabiendo de qué le hablaba—. Hice las pericias correspondientes. La hice revisar. Pedí intervención judicial. Nadie la violentó. Es probable que haya estado celosa. Siempre quiso ser única. Cada intento de pareja era seguido por una crisis. Me fui para preservar mi matrimonio. No sé si se deja a una hija así. Hice lo que pude, incluso vine a buscarla.
—¿Era verdad? —preguntó a su vez.
—Claro que sí —contesté sabiendo de qué me hablaba—. Nunca me imaginé que era tan joven. Se parecen demasiado. Es hasta perturbador —y sentí que me apretaban la garganta y que un fósforo encendido rebotaba en la base del estómago para estallar en mi tráquea—. Si pudiera hacer algo.
—Siga su vida. Nunca se encuentran demasiadas cosas atrás —dijo y se fue caminando con la cabeza gacha. Se detuvo unos segundos al llegar al final del pasillo. Sentí la agitación de sus hombros, me pregunté si lloraba pero el que lloraba era yo.


Estuve dando vueltas. Me preguntaba si me permitirían entrar a la morgue. No me animé a preguntarle nada a nadie. Seguí caminando por el hospital. En el camino me topé con tres hombres disfrazados de Santa Claus con sus bolsas de juguetes. Supuse que estaba dentro de un pabellón infantil pero no distinguía acolchados de colores en las habitaciones. Todavía tenía el bolso negro apretado bajo el brazo.


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domingo, 5 de abril de 2015

Capítulo 48


Tom y su mujer llegaron con dos paquetes y una botella gigante de Chardonnay de Catena Zapata. La mujer lucía el vestido de ocasión color amarillo. Los dos empezaron a comer apenas se sentaron, como si estuvieran en un restaurante o una cantina de esas en que se celebran las fiestas. Julia estuvo un buen rato conversando con ellos. Yo empecé a sentir un leve movimiento en mi aparato digestivo. Intenté cambiar de posición. Casi me recosté en uno de los sillones hasta que sentí cierto alivio.

Sybil llegó con Fulvio. Los saludé a ambos. Me sorprendí de mi don de gente. No era algo que hubiera aprendido por condición urbana. Lo vinculé con la influencia remota de la apática soledad de mi vida de campo. Él era el hombre que le había hecho un hijo a mi esposa. Quizás la carencia de mí haya generado esa necesidad fatal de compañía. El argumento de que Julia me necesitaba tanto que ocupó ese espacio con un hijo podía funcionar por un par de horas. Fulvio apenas estuvo ahí. Ahora disimulaba la incomodidad de estar al lado de Sybil y no de Julia. Sybil estaba en éxtasis. Fulvio, de tanto en tanto, miraba el suelo o el techo y se restregaba las manos. Se veía joven, elegante y hasta tenía aires de tipo inteligente. Pero todo eso no parecía alcanzarle. Al menos no a él.

Francis y sus muchachos estuvieron un rato parados en la puerta. Oprimieron el timbre equivocado, discutieron con el dueño del departamento seguros de que yo debía estar ahí, repasaron los números del portero eléctrico, se disculparon, desearon felices fiestas y hasta celebraron el desencuentro de haberse topado con un desconocido en una noche tan especial. Entre los tres no podían cargar los paquetes. Se empujaban y se hacían bromas. Se sirvieron algunos bocaditos y salieron al balcón. Los tres tenían camisolas blancas y unos pantalones de hilo que parecían de mujer. Los rulos de Francis estaban peinados con mouse y lucían vaporosos, definidos y flotantes.

La señorita Merry Christmas se abrazó a Julia con desesperación.
—Mamá, vos, el trabajo, —hizo una pausa—. Gracias por todo lo que hiciste por mí en este tiempo. Estuvieron un rato paralizadas. Julia intentando desembarazarse del recibimiento. Por un rato cesó la música.
La señorita Merry Christmas se había esmerado con el maquillaje. Igual parecía un poco incómoda dentro del vestido. En silencio y, como para disimular, se fue al balcón con los muchachos. Creo que no probó bocado.

Me acerqué a la cocina. Las empleadas acomodaban las bandejas y reemplazaban lo que se iba terminando. Creí distinguir a la mucama vieja de siempre. No podía ser cierto. En algún momento tenía que descansar. Me acerqué para verla de cerca y ella puso frente a mis ojos una docena de copitas de vino. No podía llamarla por el nombre porque nunca se lo había preguntado.
—¿Podría aumentar un par de grados el aire acondicionado? —le dije y no me respondió. Eso podía significar que desconocía el lugar y no sabía dónde estaba el control remoto, que lo sabía pero no era su función o que no le importaba.

Cuando me tocó pasar música abrí mi set con Bela Lugosi is dead de Bauhaus. Un detalle gótico no podía ser tan malo. Julia caminó y sacó a Fulvio a bailar. Fulvio dio unos pasos, incómodo como estaba e intentó seguirla. Sybil se puso de espaldas, mirando a la pared. Me hubiera gustado hacerle alguna seña para que se relajara pero no me miraba. Fulvio se acercó a Julia y le dijo unas palabras en el oído. Julia siguió bailando y no respondió. No me importaba lo que le hubiera dicho. Era Nochebuena y ella solo bailaba. La mancha blanca en el vientre le sentaba bien, bailaba con ella.

Francis, sus chicos y la señorita Merry Christmas entraron y se sumaron al baile. Casi de inmediato, la señorita Merry Christmas se dobló el pie y rompió el taco del zapato. Los chicos la sostuvieron pero ella pidió que la llevaran hasta un sillón. Ahí se quedó, cabizbaja, mirando a Julia, como esperando que ella fuera a conversarle. Cada tanto le sonreía y la saludaba con la mano. Sin dudas quería hablarle de todas las cosas que habían sucedido en este tiempo. Me pregunté si sus angustias habían pasado. Me respondí que quizás no porque nunca había dejado al descubierto las raíces de su angustia. Todo en ella era coyuntura.

La mujer de Tom se negaba a bailar. Tom la arrastraba con él y ella se afirmaba en el suelo. Tuvo que acompañarlo. Se unieron a Fulvio y Julia y armaron un cuarteto. Me sorprendió que hubieran simpatizado tan rápido, aunque ella era una mujer educada y Tom no era el mismo que yo había conocido. Hasta llevaba gemelos en la camisa y tenía zapatos nuevos. El único que parecía sobrar era Fulvio. Ni siquiera conseguía estar cómodo dentro de su ropa. Llevaba unos lentes pequeños de armazón amarillo limón. Cuando no estaba ocupado mirando el techo o el suelo se los acomodaba. Los movía apenas en la punta de la nariz, tan en el borde que parecían a punto de caerse.

Francis me agarró de las caderas y me sacó de mi puesto. Puso Moon River, cantada por Morrissey. De golpe todas las parejas se desarmaron y los chicos de Francis se abrazaron en el centro de la pista. Se miraban con dulzura. Se tomaban las espaldas y sonreían. A nadie le asombró esa proximidad. Los rostros se acercaron. No había juego de seducción, era amor franco y cotidiano. We're after the same rainbow's end / Waitin' 'round the bend, susurraba Delivery Boy, nadie lo escuchaba, solo leíamos sus labios. El chico de los comics lloraba y Francis movía la cabeza enternecido.

En la cocina las empleadas preparaban el cotillón para cuando dieran las doce. Cuando vi los gorritos alineados me acordé del antifaz. No parecía tener mucha importancia pero tuve que subir a buscarlo. Bajé con disimulo y lo guardé dentro del bolsito negro que estaba en el modular. De pronto la puerta se me resistía y no había forma de cerrarlo. Sybil me ayudó.
—¿Qué es? —insistió con la mirada—. Digo, lo que guardaste.
—Un botiquín —dije seguro—. Un botiquín de primeros auxilios.

Empecé con los síntomas de una indigestión. Era raro, no había comido nada. Lo relacioné con eso y me serví un poco de fiambre. No había caso. El dolor se esparcía, lento y seguro. Me pregunté si no tendría alguna de aquellas inyecciones. Era posible que quedara alguna en el fondo de la mesa de luz pero no podía subir y bajar a cada rato. En la alacena encontré un antiácido. Un Alikal endurecido en el empaque. Lo disolví en agua, partí los terrones con una cucharita y lo tomé. Sentí el alivio momentáneo, no tenía muchas esperanzas pero era mejor que nada.

De golpe escuché que alguien hablaba. Caminé hasta el baño de servicio. En la puerta estaba Sybil golpeando suave con los puños. Supuse que Fulvio estaba adentro. Lo presentí con un ataque de histeria o vencido por la circunstancia. No quise intervenir pero no pude moverme del lugar. Sybil hablaba en voz baja como si le hablara a la puerta. Por fin la puerta se abrió. Fulvio salió y nos miró a los dos.
—No sé si estoy preparado para esto, —dijo. Se sacó los lentes, los guardó en un bolsillo y caminó hasta el comedor. Sybil lo siguió sin hacer comentario.

Las empleadas preparaban las copas y el champagne. Miré el arbolito. Siempre me habían ilusionado los regalos pero ahora no sabía qué pensar. De pronto las luces dejaron de ser intermitentes y quedaron fijas. Nadie pareció darse cuenta. Quise aproximarme a revisar el enchufe cuando escuché la puerta. Faltaban cinco minutos para que dieran las doce. Abrió Julia. Milka dio un paso y se quedó detenida mirando a Tom. Abrió grande la boca pero no salió el grito. En cuestión de segundos se desvaneció. Fue como si se desintegrara dentro del vestido. Como si de golpe desapareciera entre los canutillos y la organza. Julia se abalanzó sobre el montoncito de tela y dijo:

—Pobrecita, ¿alguien la conoce? No debe tener más de trece o catorce años.


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